sábado, 21 de junio de 2008

El Olvido...


Vagaba mi alma sola, triste, confundida y oscura de la mano del olvido, "Ven conmigo, yo nunca te haré daño", me decía susurrándome al oído, "no tengas miedo, aquí sólo estaremos tú y yo", "gracias, pero no puedo, es eso lo que me da realmente miedo, pues si me quedo contigo, nunca más podré regresar a ti. Hasta pronto". Y desvaneciéndose en un suave silbido, desapareció tras de mí sin dejar rastro.

domingo, 8 de junio de 2008

Y moriré de ganas de decirte... q t voy a echar de menos

Y hoy me dio por recordar... creía q ya lo había superado. Crea q al fin era capaz de no mirar atrás.
No me confundo, sé q caminaba sobre unos de esos puentes de video juego, q desaparecen a medida q avanzas por ellos. Y sé muy bien, q no dejo nada a mi espalda.
Juraría q una vez juré... q sentía algo infinito. Creo q aun podría jurarlo, sentí algo infinito, aunq hoy ya no exista.
No me da miedo no tener a donde volver, pero me da pena.
Me pregunto si alguna vez se pareció en algo a ti la forma q te di en mis sueños.
No he perdido el tiempo, sino la esperanza... y esta noche me he acordado de toda la q fui capaz de tener, de los momentos en q no estabas tan lejos, pero sobretodo del momento exacto en q nunca más volviste a estar cerca, en q tu adiós dejó de ser un hasta luego. Me he acordado de q la última vez, fue la última vez.
Y ahora ya no importa... porque si vivo el día nada importa, ni si quiera q no estés, ni si quiera q estés.
Nada importa porque a nadie le importa, porque pierdo el autobús, no llego a tiempo a los exámenes, me pierdo las series q me gustan, me olvido de cerrar con llave, resbalo en todos los suelos mojados, pierdo un calcetín de cada pareja, y todo puede llegar a ser un desastre... Pero nada importa porque a nadie le importa.
Nada importa, porque si algo lo hiciera, sería inevitablemente, recordar ese momento q hoy me dio por recordar, el momento exacto en q perdí las ganas de perderte.
Y no es triste... ya no. Pero eso es lo triste.

miércoles, 4 de junio de 2008

Un sorbo de té

El encorvado y anciano Dubcek me martilleaba la cabeza con infinitas preguntas, muchas de ellas anodinas que contrastaban con el ser erudito que era. Ya habían pasado casi dos años desde que nos enviaron al campo de reeducación en este pueblecito perdido del Cáucaso. Todo gracias al maquiavélico Stalin, que como no tiene suficiente con asesinar a millones de campesinos, ahora le ha dado por reeducar a los intelectuales contrarios a su pensamiento. Como si fuera posible la creación de un nuevo ser a mis treinta y tantos, soy obligado, al igual que mis compañeros, a leer diariamente a Marx, Engels y Lenin, y a elaborar cada semana una tesis defendiendo el sistema comunista.
Dubcek es filósofo y doctor en Ciencias Políticas. Nació en Yalta, en un barrio cercano al mío. Yo soy sociólogo y escritor, o al menos lo era. La verdad es que era muchas cosas que ya no soy. Solía ser orgulloso, ególatra, y a pesar de mi inteligencia reconocida, me gustaba que los demás me alabasen. No me importa admitirlo, sobre todo ahora, después de vociferar día sí y día también, sordos gritos de decepción ante la debilidad de la razón humana. Pero mejor voy a prestar atención a la conversación con mi amigo Dubcek, y no sigo por las ramas filosóficas que parecen no tener fin, y en muchas ocasiones, ni sentido.
Estábamos algo conmovidos por los recuerdos anteriores a este impasse de nuestra vida. Tomábamos té en viejas tazas y estas reminiscencias trajeron de nuevo a mi mente aquel día en el bulevar Trostky, así que decidí contarle la historia a Dubcek. Aquel relato que me recuerda que ruin y perverso fui, y lo honrada y buena que era ella. Me gustaba contar mis historias en tercera persona. A Dubcek siempre se le dibujaba una sonrisa en los labios cuando procedía de tal manera. Una sonrisa que siempre terminaba en una carcajada compartida. Sin más dilación carraspeé un par de veces, y con un tono algo melancólico pero atrayente, comencé con la escena que marcaría mi vida, en la que pedí dos tazas de té. Ese sorbo que retardaría mis negras palabras:
Nikolai llamó a la camarera y le pidió dos tazas de té. Impecablemente ataviado con su americana azul de botones dorados, estaba sentado en la última mesa del bulevar Trostky. Aún quedaban cinco minutos para las siete, pero sabía que tendría que esperar unos quince más para ver a Tanya entrar por la puerta, siempre con sus cejas fruncidas en un guiño de compasión por la tardanza. Seguramente iría con la falda azul oscura que le tapaba las rodillas, ésa que le había recomendado tirar a la basura.
Sacó el diario Pravda de su maletín de cuero marrón y se dispuso a hojearlo. La portada informaba: ''Hoy, 21 de mayo de 1951, todos los intelectuales moscovitas serán reclutados y enviados a un campo de reeducación en el Cáucaso''. Nikolai ya había sufrido encarcelamiento dos veces por sus escritos polémicos en la prensa clandestina contra el régimen de Stalin. Cada día le dolía el corazón por el desprecio que le tenía a tal asesino.
Eran las siete y cuarto y Tanya empujó la puerta adentrándose en el bar. Colocó el paraguas empapado en una papelera a modo de paragüero, y se quitó el gorro de algodón azul a juego con su falda. Estaba siendo una primavera muy fría. Se sentó enfrente de su novio y cogió la taza de té torpemente con ambas manos, después de saludarle con un cálido beso en la mejilla.
''Siento el retraso, pero es que la señora Kieslowski no estaba en casa y he tenido que esperar para darle un par de zapatos usados que he conseguido para el pequeño Dimitri. ¿De qué me querías hablar, cariño?'', dijo la joven con voz baja y acariciante.
El chico tomó sutilmente la taza de té levantando el dedo meñique, y bebió un par de sorbos intentando retrasar el momento de decirle a Tanya que su relación no marchaba bien, que odiaba su sorber ruidoso, su mascar voraz y su incorrecta pronunciación de ciertas palabras. Por no hablar de sus preguntas retóricas, sus cordones siempre desatados y la sonrisa perenne esbozada en sus labios. Vacilaba entre omitir o no el hecho de que Ana, una joven que hablaba francés con elegancia y vestía como una muñeca con camisa y pantalón de piel, se pasease por su mente muy a menudo.
Posó la taza. Se acarició el gracioso bigotillo que adornaba sus labios y pronunció: ''Verás, Tanya...'' En ese preciso instante gerifaltes de la KGB y del ejército irrumpieron estrepitosamente en el bulevar. Tanya volcó la tetera, manchó el mantel y a la vez el traje nuevo de Nikolai (como siempre).
El jerarca de la polícia secreta, cuyas cejas y pestañas parecían aún más oscuras por el tono enfermizo de su rostro, empezó a recitar una serie de nombres de las personas que debían acompañarles. Antes de articular el nombre de Nikolai Denisovich, frunció los labios y se tocó con la lengua un diente de oro postizo. Fue repugnante.
Tanya gritó e intentó, en vano, alcanzar la mano de su amado. Nikolai se perdió en sus ojos negros, como tantas otras veces, pero ahora brillantes de lágrimas.
Y hoy por hoy yo estoy aquí, y ella en algún otro lugar.
-¿Sabes? Pienso mucho en ella- le espeté a Dubcek en un ataque repentino de sinceridad.
Quién fuera capaz de entender la mente humana, el porqué de nuestros comportamientos. ¿Por qué siempre valoramos lo que ya no tenemos? Cuando la tuve fui incapaz de disfrutarla, y ahora me atormento cada segundo recordando que nadie como ella es capaz de picar el tabaco como a mí me gusta, de mirarme con respetuosa curiosidad, de esconder su cara en mi pecho. Para ella, yo vivía en una esfera maravillosa, especial, inalcanzable e incomprensible.
Era la primera vez en dos años que había reunido el suficiente valor, o inconscientemente Dubcek me había brindado la confianza necesaria, para contar en voz alta aquello que golpeaba mi mente a cada instante.
''Cuéntame cómo es esa chica, Niko'', fueron las únicas palabras que salieron de la boca de Dubcek.
Le detallé que Tanya hablaba despacio y titubeando. Cuando yo decía algo que no le gustaba se tapaba los oidos y cantaba lo más fuerte que podía para ahogar mi voz. Sus cabellos eran de color rojizo claro, siempre descuidados. Llevaba el cuello levantado del abrigo, así que casi nunca podía mover libremente la cabeza. Sus faldas largas, y sus rancios y arcaicos zapatos me hervían la sangre. Pero ahora me descubro sonriendo mientras hablo, dándome cuenta de la falta que me hace.
Dubcek no era el típico abuelo que te obsequia cada dos por tres con consejos gratuitos, pero esta vez actuó como tal, y menos mal, porque sus palabras borraron de mi mente la espesa capa que me impedía ver la esencia de las cosas. No me encasquetó ningún discurso filosófico como me tenía acostumbrado, sólo me dijo: ''Niko, cuando llegues a viejo como yo, lo único que buscarás es alguien con quien poder hablar, da igual si lleva vestidos preciosos o no, sólo una persona bondadosa y tierna, que esté a tu lado el resto de tu vida, incondicional''.
Recordé cuando nos conocimos. Yo había tenido un día pésimo, pero en aquella ocasión no estaba Tanya para cargar con todas las culpas, así que caminaba dando patadas a todo tipo de objetos que me encontraba. En uno de los puntapiés, mi cartera se desplomó de mi bolsillo hacia el suelo sin darme cuenta. De repente, una chica pequeña y enjuta, me pica en el hombro y me la devuelve. La miré inmóvil mientras me perdía en sus ojos negros como pozos sin fondo. Le retorné un árido ''gracias'' y me marché.
Unos días después llamó a mi puerta preguntando si tenía calzado y ropa de la que quisiera desemparejarme para dársela a las familias de campesinos pobres. Volví a perderme en sus ojos negros. Mi monosilábico gracias progresó hacia un ''¿te apetece tomar un té?''
Me encantaba su extraordinaria blancura y sencillez. Me atraparon.
En los meses siguientes, mientras ella soportaba mis naufragios y mis coléricos arrebatos de furia cuando yo no me sentía capacitado para escribir, yo me quedaba en sus fósiles vestidos y era incapaz de penetrar más allá, donde me esperaba algo que latía sólo por verme sonreír.
Sí, ya sé que suena remilgado y ridículo, pero después de dos años atrapado en las redes del estado totalitario en el que me ha tocado vivir, sin más compañía que Dubcek y las aventuras de mis enemigos íntimos Marx y Lenin, soy consciente de que la necesito. Me di cuenta el otro día cuando me hablaban de que lo esencial es invisible a los ojos. Fiarse de las apariencias es ver las cosas a medias. Bellas pero vacías. Ahora quiero verlo todo y que Tanya lo vea todo y nada más.
En tres días se cumplirían dos años desde aquel estúpido día en el bulevar Trostky.
Una mañana me encontraba inmerso en el afanoso piar de los pájaros, contemplando las brillantes agujas verdes de hierba con tallos amarillentos, cuando escuché a lo lejos: ''¡Stalin la ha diñado! ¡Viva!'' Era Dubcek, no tenía ninguna duda. En lo que sí fluctuaba era de si se trataba de otra escenificación del ''mejor momento de su vida'' (así lo llamaba él), o Stalin, al fin, había muerto. Aunque nadie dijera nada, excepto el osado Dubcek, en la primavera de 1953 risas tintineantes se apoderaban de todos nosotros cuando confirmamos que el docto filósofo estaba viviendo el instante más anhelado de su existencia.
Voy a evitar la descripción de las despedidas lacrimógenas, porque todos hemos sufrido una o varias de ésas.
El caso es que compré un billete para el primer tren que salía hacia Moscú, y en unas doce horas volví a aquella ciudad llena de ricachones de ojos saltones, familias desamparadas, jóvenes que cuchichean mientras apuestan cientos de rublos de sus padres jugando al póquer. Paseé por la Plaza Roja donde alguien apuntaba con un dedo al cielo, igual que un cura durante el sermón, pidiendo que su respetado y estimado Stalin descansase en paz eterna. Aparte de los indigentes y millonarios, recordé que en Moscú también viven enajenados.
A mí sólo me apetecía estar en un lugar. Recorrí pausadamente, como nunca había emprendido, la avenida Andropov y giré en la calle Kruschev hasta llegar a mi bulevar, aquel que me había condenado a pasar dos años desterrado en el pueblo caucasiano, pero que me había salvado la vida. Mi vida con Tanya.
Ahora era yo él que tocaba a su puerta. Era de noche. Tanya corrió el cerrojo de la entrada. El vestíbulo estaba a oscuras pero pude vislumbrar su pequeña estatura y sus inacabables faldas. Sonreí. Al verme brincó de alegría, me besó varias veces y me zarandeó cariñosamente por el brazo. Me sentía embargado de ternura, de contento conmigo mismo, de estar enamorado y de, al fin, poder amar.

lunes, 2 de junio de 2008

Y es verdad...




Y es verdad que la vida cambia cada día,
que los sueños se hacen realidad,
que a pesar de la tristeza, la vida lleva consigo un ápice de alegría,
que una mirada es mejor que cualquier palabra,
Y es verdad…
y es verdad que cuando te miro veo más allá de la nada,
veo un mundo nuevo por conocer,
veo un cielo lleno de estrellas
en las que cada día me pierdo
sólo con el fin de poder encontrarte
y abrazarte y acariciarte,
y sentirte a mi lado como la primera vez,
como aquel beso que camina junto al olvido
guiándose por su eco.

domingo, 1 de junio de 2008

MiNuTo 0

Es mi momento.

Es mi monento favorito de cada partido, minuto 0, el balón en el centro del campo, cada jugador en su puesto.
La adrenalina ya me recorre todo el cuerpo, pero aun no he cometido errores, aun no estoy cansada ni tengo heridas, aun puedo hacerlo todo, aun tengo todo el tiempo.

Minuto 0, porque no me hace falta nada más para empezar, porque no necesito nada ya, xq solo espero mi propia decisión de dar el siguiente paso.

Minuto 0, porque ahora sé, q todo el partido aun está en mis manos, q no me hace falta nadie, q aun no tengo nada en contra.

Minuto 0, porque si ayer fue un día duro, ahora lo he olvidado.

Minuto 0, sin preguntas, sin respuestas.

Minuto 0, porque solo tengo en la cabeza las ganas de empezar un nuevo partido, con la fuerza de q por primera vez en mucho tiempo no voy por debajo en el marcador. Por primera vez en mucho tiempo, no voy perdiendo.

Minuto 0, porque ahora, y solo desde ahora, tengo todo el tiempo para ganar




P.D.- 86,87,88... Subiros Al Minuto 0 Sirenas ;)